Desde que a finales de los 60 del siglo pasado Jimi Hendrix le enseñó al mundo para qué fue inventada la guitarra eléctrica, han habido grandes guitarristas. De casi todos los estilos y para casi todos los gustos. Jazz, blues, rock and roll, en otra onda distinta también el flamenco... pero sin duda fue el rock duro y el heavy metal el que otorgó a este instrumento su inmensa importancia en la música. Una simbiosis perfecta.
Como casi todo en la vida, la técnica y la forma de tocar, y los propios estilos, fueron (y van) evolucionando, perfeccionándose, alcanzando nuevas cotas.
Así, a mediados de los ochenta más o menos, se produce el boom de los 'guitar heros', una serie de virtuosos que, bajo su propio nombre o integrados en una banda, destrozaban los mástiles a base de escalas supersónicas, riffs imposibles y todo tipo de filigranas que asombraron al mundo.
Gente como Eddie Van Halen, Yngwie Malmsteen, Steve Vai, Joe Satriani, Tony Macalpine, Impellitteri, Joey Tafolla, Paul Gilbert etc, etc fueron más allá de la simple habilidad y se convirtieron en verdaderos maestros de las seis cuerdas, llevando la guitarra a una dimensión antes desconocida, centrándose más en las posibilidades del instrumento que en simplemente componer canciones 'convencionales'.
Todos ellos alcanzaron fama mundial, pero como a este humilde bloguero le gustan las rarezas, lo que aqui tenemos es una banda de cuatro colegas de Massachussets que después de llevar algún tiempo componiendo y ensayando se dieron cuenta de que no tenían cantante... y les importó una mierda.
Estuvieron en activo entre 2001 y 2009, y tan sólo publicaron este álbum en 2007, y después nunca más se supo. Chris Cecchini y Chris Kessaris son los dos monstruos de la guitarra, un tal Paul Muise se encarga del bajo y un tal Andy Korajzcyk de la batería.
De todos ellos, sólo tenemos noticias de Kessaris, que actualmente toca en una banda de death llamada Parasitic Extirpation.
8 temas instrumentales, de corte bastante similar todos, bien construidos, con muy buen sonido de todos los instrumentos, donde obviamente el principal atractivo son las acrobacias guitarreras.
La ausencia total de teclados y otros inventos, la base rítmica perfectamente audible y muy solvente, y, lo dicho, que en cada tema te quedas esperando a que entre el cantante, hacen de este disco una banda sonora perfecta para cualquier lúdica actividad (o no tan lúdica...).
Una rareza curiosa y satisfactoria.
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